Llevo mi mano a los labios y lo primero que se me pasa por la cabeza es que
es imposible, los vampiros simplemente no nos podemos reproducir, pero ¿los
licántropos? ¡Maldito híbrido! Grito
en mi cabeza mientras me muerdo la mejilla interna. Trago con dificultad y me
quito la mano rápidamente de la boca. No sé cómo llegó ahí.
Mis ojos viajan a Klaus y luego a Hayle y me produce repulsión imaginármelos
juntos, imaginármelos juntos en la misma cama en la que me acosté con Klaus.
Un hijo.
Un hijo de Klaus.
Tomo aire llenando mis pulmones tratando de bloquear todas las preguntas
que se me vienen muy rápido a la cabeza haciendo que me sienta mareada. Bajo la
vista llena de vergüenza y recojo mi ropa esparcida por la habitación y sin
decir nada más comienzo a caminar con paso firme hasta la puerta.
No tengo nada más que hacer aquí.
Con el hombro choco a Hayle y ella se ríe fuerte y en realidad, está bien,
siempre nos hemos odiado, pero...
Me doy cuenta que tengo los ojos llenos de lagrimas y que una se escapa. La
seco rápidamente con el dorso de mi mano.
-Caroline, espera –dice Klaus con la voz apretada. Yo cierro mis ojos y
siento que sus palabras se clavan hondo en mi corazón. Jamás debí dejarlo entrar, jamás debí creer en el malo.
Giro un poco mi cabeza para observarlo
y de verdad parece afectado, sus ojos están duros fríos y su clavícula está
tensa. ¿Pero a Klaus cuando le ha importado alguien?
-Yo soy quien sobra en esta habitación –le digo y comienzo a caminar
decidida por un pasillo mientras mis ojos se comienzan a inundar más y más de
lagrimas y sé que dentro se está magnificando todo, que esto que siento por
Klaus, está creciendo y el dolor aumentando por el simple hecho de que soy
vampiro. Me llevo la mano al estomago, mientras mi vista se nubla por completo ¡estúpidas lagrimas Caroline Forbes no
llora, no por Klaus!
Corro los últimos pasos y bajo la escalera a velocidad vampira. Quiero
salir lo más rápido de esta casa, de Nueva Orleans, alejarme lo más rápido y lo
más posible de Klaus, de todo lo que él significa, de su estúpida manera de
arruinar todo lo que es bueno en su vida, todo lo que puede llegar a ser
verdadero, lo que puede llegar a su corazón ¿pero de verdad tiene algo más que
un estúpido órgano que solo sirve para bombear sangre?
Cierro la puerta de la mansión de Klaus y me doy cuenta que tampoco trató
de seguirme y es como si más pedazos de mi corazón se trisaran. En este preciso
momento me doy cuenta de que se clavó hondo en mí y yo no lo noté. Quizás solo
lo ignoré y le di un doble significado a sus “muestras de humanidad” hacia mí.
Yo no soy nada
para Klaus.
Tan así que no
merecía su respeto para algo tan básico.
Me llevo ambas
manos tratando de ponerle línea a mis emociones y frenarlas, tratar de
controlarlas pero la opresión del pecho me esta consumiente haciendo que me
salga un llanto horrible, lleno de necesidad, lleno de un dolor profundo.
No te
humilles más. Me dice mi conciencia y tiene razón, me
pongo los zapatos de taco alto y bajo los diez peldaños para salir de una
maldita vez de su maldito lugar, de su casa, de la casa de Hayle y la de su
futuro hijo.
No sé bien
hacia donde caminar, así que decido ir derecho, donde sea que me lleve, no me
importa en este momento.
Me pongo la
chaqueta sobre los hombros mientras las imagines comienzan a pasar por mi
cabeza, atormentándome de recuerdos con él, de sensaciones, recordándome como
me sentí cuando estábamos juntos bailando, cuando me sentí la jodida mujer más
especial al abrir la caja con el vestido azul.
Otra ola de
lágrimas hace que se nublen mis ojos, me muerdo el labio sintiéndome estúpida y
miserable.
¿Creías que Klaus un hibrido de mil años,
perteneciente a la familia Original, mostraría amor y respeto por ti Caroline,
cuando ni siquiera su familia se ha salvado de que él mismo le clave una espada
de plata porque se interpuso en sus planes? Me
susurra mi conciencia.
Era demasiado
bueno para creérselo.
-Cuidado
preciosa –me dice un moreno alto cuando choco con él. Abro los ojos y alzo la
vista. Él me sonríe mostrándome todos sus dientes. Me despejo y vuelvo a la
realidad y no sé cuánto tiempo camine pensando en el imbécil de Klaus, no sé en
qué momento llegué al centro de Nueva Orleans- Eres nueva...-me dice
extendiéndome su mano. Yo asiento tratando de no parecer tan estúpida al ir
llorando en medio de la calle. Por un segundo me imagino mi aspecto, una polera
ancha con olor a hibrido sensual, tacos, una chaqueta, pelo de casi-recién-follada
y los ojos rojos e hinchados por sufrir por alguien que definitivamente no
merece ni una lágrima- Marcel –me dice dándome una más espectacular. Me parece
simpático y no me genera esa sensación de miedo como cuando llegué a Nueva
Orleans. Sus ojos me dan una confianza poco creíble pero sincera-
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